«Campaña “Justicia para Mario”. Información para el donante, 16 de septiembre del 2018, tercer artículo»

Este es el tercer artículo informativo sobre la campaña ‘Justicia para Mario’. Para quien no leyera los dos primeros decirle que puede encontrarlos en esta misma web (www.homicidiodeunenfermo.org). Esto es importante porque todos los artículos guardan relación con los hechos y son fieles a la cronología de los sucesos. El objetivo de estos artículos es que el contenido de los mismos os ayude a conocer mejor las motivaciones de la campaña “Justicia para Mario”. Gracias. Comenzamos…

Al mismo tiempo que en la habitación 633 tenía lugar la transgresora fiesta contra la leucemia entre Mario y su pandilla, su madre se reunía, sin saberlo, con una persona fundamental en esta tragedia: José Ramón Llorente López. Lo califico de fundamental porque se inmiscuyó, sin estar capacitado ni autorizado para ello, en el tratamiento de un muchacho enfermo de cáncer hasta tal punto que su actuación pudo ser determinante: Llorente le hizo creer a Mario que lo podía ayudar y que el tratamiento con quimioterapia del hospital podía ser terminal. También califico a Llorente de ser un peligroso irresponsable sin escrúpulos, porque solamente a una persona de estas características se le puede ocurrir difundir un tratamiento y asegurar que es certero contra el cáncer, afirmando además que si la persona enferma recibe quimioterapia este tratamiento no es efectivo. Un insensato —Llorente—, que en el portal de la casa donde dice pasar consulta tenía colocada por aquel entonces una dorada placa publicitaria donde se anunciaba como «José Ramón Llorente, Medicina Naturista y Medicina Ortomolecular. Sexta planta». Sin embargo, lo que debería haber estado escrito en aquella placa es lo siguiente: «José Ramón Llorente, peligroso pseudocientífico. No subir».

Puedo asegurar que el reclamo publicitario daba el pego. A Mario, a Pepa y a mí nos ayudó en su momento a creer que el tipo era médico: un profesional. Al igual que su planificada puesta en escena —que en otros capítulos detallaremos— y sus vídeos, que yo no llegué a ver hasta después de la muerte de Mario. Pero mi hijo sí que los vio.

A los pocos minutos de haber salido de la habitación del hospital los amigos de Mario llegó Pepa, que venía de la consulta de Llorente. Entró a la habitación resplandeciente y muy excitada. Traía una bolsa marrón sin logotipo alguno impreso. Dentro de esta iban múltiples botes con píldoras que desde la lejanía, sin conocer a Mario ni su enfermedad, sin ser médico, José Ramón Llorente le había vendido. La madre de Mario, agitada de emoción y muy sonriente —tanto que daba gozo verla—, iba sacando de la bolsa, uno a uno, los diferentes botes de píldoras. Mario la observaba desde la cama. Pepa le iba explicando a su hijo para qué servía cada una de aquellas pastillas. Mario escuchaba con la disciplina de una persona enferma de cáncer necesitada de esperanza. Era una tierna y humana escena, al mismo tiempo terrible: una amorosa madre preñada de incultura quería ayudar a su pobre hijo a base de creencias tomadas por verdad absoluta. Y lamentablemente el efecto de sus acciones iba a resultar todo lo contrario a lo que ella más deseaba en este mundo: que su hijo se curara. Tal era el grado de fe y admiración de Pepa hacia Llorente y sus teóricos remedios, que hasta le temblaban las manos y se le secaba la boca al hablar de él y de los beneficios de sus píldoras. Recuerdo que le puse agua en un vaso y se lo di para que bebiera. Apenas dio un rápido sorbo de pajarillo y me dio las gracias, para continuar de inmediato hablando con una ilusión desmedida de los beneficios de las píldoras de ese Llorente que ella, equivocadamente, tenía por una eminencia. Píldoras que le iban a paliar a su hijo, de momento, los efectos secundarios de la quimioterapia, además de reforzar sus defensas y no sé cuantas cosas más.

—Vamos a salir de esta, hijo. José Ramón Llorente es un grandísimo médico naturista.

—Sí, mamá.

—Hijo, escucha bien, que lo que te voy a decir es muy importante… He comprado etiquetas blancas para colocarlas en todos los botes que me ha dado José Ramón, para que no nos equivoquemos en la dosis ni en el número de tomas diarias. En las etiquetas anotaremos todas sus indicaciones. Porque me ha dicho José Ramón que para que te haga efecto su medicina es imprescindible que te tomes todo exactamente como él dice.

—Vale, mamá.

—¿A ver?… Sí, de este bote hay que tomar tres píldoras por la mañana, tres al mediodía y tres por la noche. Lo apuntamos en una etiqueta y lo pegamos en el bote: tres mañana… Tres mediodía… Tres noche.

¿Y entonces ese médico es bueno, mamá?, porque si no apaga y vámonos.

¿Que si es bueno, hijo? Hasta escribe en Discovery Salud. Anda, hijo, tómate ya estas tres, que son para reforzar el hígado, cariño… Y estas dos también, que son para el páncreas… Y después esta ampolla. Y no te olvides de que tienes que aguantar el líquido en la boca veinte segundos. Veinte, ¿eh? ¡No más!, que me ha dicho José Ramón que tener el líquido en la boca exactamente veinte segundos es muy importante. —Vale, mamá… Cuenta tú los veinte segundos, papá. —¡Vamos allá, hijo! Uno, dos, tres, cuatro…

Recordarles que en aquella época ni Pepa ni Mario ni yo sabíamos todavía que Llorente era un timador. Y por otra parte, mientras Mario continuara en el hospital y con el tratamiento, no me importaba que tomara aquellas píldoras. Si él se quedaba más tranquilo y su madre se relajaba, yo veía todo aquello como algo positivo. De momento esas supuestas medicinas eran para paliar los efectos secundarios de la quimioterapia, como dijimos. No para otra cosa. O al menos eso fue lo que me dijeron a mí. Lo cierto es que a partir de aquel día y hasta el uno de julio, dos días antes de su muerte, Mario tomó con fervor y devoción todas y cada una de las píldoras que a través del teléfono o personalmente le recetó José Ramón Llorente. Devoción inculcada por la madre de Mario a un pobre enfermo de leucemia que, desconcertado, buscaba de manera desesperada gramos de verdad.

Please follow and like us:

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.