«Campaña “Justicia para Mario”. Información para el donante, 12 de septiembre del 2018, segundo artículo»

Este es el segundo artículo informativo sobre la campaña Justicia para Mario. Para quien no leyera el primero decirle que lo puede encontrar en esta misma web www.homicidiodeunenfermo.org, bajo el título de «Campaña “Justicia para Mario”. Información para el donante, 7 de septiembre del 2018, primer artículo». El objetivo de estos artículos es que el contenido de los mismos os ayude a conocer mejor los porqués de la campaña “Justicia para Mario”. Gracias. Comienzo.

El día 7 de enero le diagnosticaron a Mario la leucemia en el hospital Arnau de Vilanova. Él, postrado en la cama de la habitación 633, no acababa de entender. ¿Cómo estar preparado para recibir y asimilar esta noticia?

¿Leu… qué? —preguntó Mario al doctor Aurelio López.

Leucemia, Mario, la enfermedad que tienes se llama leucemia.

A pesar del desconcierto inicial, Mario no se dejó arrastrar por el pánico e intentó analizar la nueva situación. El médico pasó a explicar el tratamiento a seguir. Mario escuchaba atentamente, intentando entender, pero nada más nombrar el médico la palabra «quimioterapia» la madre de Mario, Josefa Rubio, comenzó a moverse histérica por la habitación, con una sola frase en la boca:

¡Quimioterapia no! ¡Quimioterapia no!

Pongámonos en el lugar de una persona con leucemia, de Mario en este caso: Estás tirado en una impersonal cama de hospital con veintiún años, con una enfermedad que no sabes bien lo que es, pero que te suena terriblemente mal, y habiéndote dicho el médico que tienen que ponerte quimioterapia te suena aun peor. Y tu madre se pone a chillar histérica por toda la habitación, tú la observas desde la cama; miras al médico, miras a tu padre… ¡Pobre muchacho enfermo! Enfermo de caos y desconcierto. Mirando a Mario se adivinaban perfectamente sus pensamientos: «Hostia, ¿y por qué leucemia, joder? ¿Por qué narices tiene que pasar todo esto?… Y mi madre diciendo que la quimioterapia me va a matar; y el médico, por el careto que pone, que si no me la pongo la voy a cascar; y mi padre… Esto sí que es fuerte de verdad. ¡Mi vida siempre ha sido la hostia, joder! Pero ¿qué he hecho yo de malo?».

Afortunadamente, y a pesar del desconcierto por la noticia y la presión de su madre, el amigo Mario le echó redaños y con la amabilidad que lo caracterizaba —pero seguro de sí mismo y firme— nos habló a su madre y a mí:

¿Queréis salir y dejarme a solas con el médico?

Salimos. Me contuve mientras esperábamos en el pasillo. No le dije nada a Pepa, madre de Mario. Solamente deseaba que la actitud que esta había tenido en la habitación no terminara influenciando a mi hijo y le hiciera tomar una mala decisión. Todo lo que Pepa acababa de decir con respecto a la quimioterapia, cómo lo había dicho y el momento en el que lo había hecho, me causaba aversión. «¿Quién se creía ella —pensé— para poner en peligro la vida de Mario diciendo no al único tratamiento posible, presionando de tal manera que Mario pudiera acabar tomando una mala decisión?»… No quise ni mirarla. Aquel no era momento de discutir ni enfrentar todavía más las posiciones. Hundí mis pasos por el largo pasillo de la sexta planta del hospital y avancé deseando fervientemente que Mario reaccionara racionalmente ante los consejos del médico. Quería confiar en la coherencia de mi hijo —a pesar de la fuerte influencia de su madre— y en la figura profesional del hematólogo Aurelio López. Pero lo que acababa de suceder dentro de la habitación me hizo tomar consciencia de que nos enfrentábamos a dos graves problemas: la leucemia de mi hijo y el desequilibrio de mi exmujer.

—Hemos estado hablando Mario y yo —salió diciendo el médico— y ha decidido ponerse la quimioterapia. —Tras una pausa, con una tierna sonrisa de humanidad, añadió el médico—: Mario me ha preguntado cuánto tiempo le puede quedar de vida.

Entré emocionado a la habitación y besé a Mario. Era el mismo muchacho afable y estable, a pesar de la adversidad. Mirándolo uno advertía que, aunque con preocupación y desconcierto, estaba equilibrado y como buen pragmático que era analizaba los pensamientos que la nueva situación traía a su cabeza. Si Mario le había preguntado al médico por el tiempo que le podía quedar de vida había sido porque este, como profesional y de manera abierta, le había hablado de las diferentes posibilidades para combatir su enfermedad, pero también de las grandes dificultades. Y Mario, poniéndose en lo peor, quería prepararse, o al menos ser conocedor de la situación a la que se enfrentaba. La madre de Mario, que entró a la habitación detrás de mí, todo lo miraba recelosa. Y en sus ojos se leía no otra cosa que: «¡Quimioterapia no!».

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